Olvidó todo lo sucedido. Una vez descargadas las maletas, los gritos !niña perversa! desaparecieron, la cara de esa mujer horrorizada se borró de su mente.
Poco a poco una biblia reemplazó ese tímido morbo que recorría su cuerpo. La raquítica muchacha, sintió cómo su figura dejaba atrás los andares de la niñez, y con ello todo lo acontecido en esa enorme casa que conocía como la palma de su mano, en ese cuarto donde exploró por los caminos del placer.
La suave y transpirada anatomía femenina que sintió con sus manos, y que recorrió hasta despertar a Jennifer, se hizo cada vez más borrosa.
Los gritos y un internado de monjas anularon esa persona. Tomaron el molde y la prepararon para reenfrentarse al mundo, a un mundo que, de otra manera, le habría gritado !niña perversa! hasta el último de sus días.
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