Está en medio de los gritos, preguntándose hasta cuándo seguirán. Mueve sus pies y sus manos, disimulando que no pasa nada, pero el ambiente lo perturba. Toma su botella con agua y decide salir, lejos, donde no hayan molestias.
Una vez fuera, camina hasta donde está esa criatura de mediana estatura. Ese animal de cuatro patas, de apariencia poco agradable, pero
infinitamente amistoso. Se miran y se dan cuenta de que ambos huyen de lo mismo, que son distintos, pero si se acompañan pueden huir por algunos momentos, huir de aquello que los aqueja.
Juegan con ese objeto redondo por un buen rato, se olvidan de que viven en un mundo donde uno es más relevante que el otro, ese mundo donde se necesita hablar para ser importante, donde se necesita andar en dos patas para ser medianamente respetado, donde aquellos que quieren ser libres no pueden
serlo. Ambos sienten que son víctimas y prisioneros de ese mundo en que nacieron, y saben que jugando, sólo jugando, pueden crear su universo paralelo.
Termina el día. Él entra al calor de su hogar. El otro se queda en la calle, para seguir esperando.