No me pregunten por consecuencia, porque yo no sé de eso. Yo no sé nada, la verdad.
Con un poco de suerte sé el camino para llegar a mi casa, y es horrible.
Sé que me voy a morir, y vivo atormentado por esa idea.
Hay otras cosas que finjo saber, pero siempre tengo la duda. Me esfuerzo para no ser víctima de la desaprobación. No sé qué pasará conmigo en un año, ni en un día. No tengo idea, pero aprendí un par de tips para salir airoso.
No sé de teorías ni actualidad. Ni de la vida. Yo sólo memorizo. Memorizo, porque no quiero formar parte de la lista de aquellos que no cumplen con las características de una elite que yo mismo inventé.
Y así es como manejo, y he manejado, mi tambaleante y caparazónica vida, aprendiendo trucos para recibir el visto bueno, o tal vez para no recibir una equis.
He memorizado tanto que ahora parece asfixiante. Soy víctima de todo lo que he memorizado en la vida. Me doy cuenta de que, en realidad, yo no sé nada. Y sucumbo ante la sensación de vulnerabilidad que significa abandonar estos 21 años de tanto memorizar.